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El Confidencial: El banquero central más crítico con los banqueros centrales: «Cometieron todos el mismo error intelectual»

El exgobernador del Banco de Inglaterra, cuyo libro ‘Incertidumbre Radical’ acaba de ser publicado en España, defiende la experiencia y el buen juicio para tomar decisiones, frente a un sistema basado en probabilidades artificiosas.

Lord Mervyn King (Chesham Bois, 1948) es historia viva de la política monetaria moderna. Gobernó el Banco de Inglaterra entre 2003 y 2013, durante uno de los periodos más apasionantes, estresantes y desafiantes, para ser banquero central. Cuando Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo, pronunció en julio de 2012 su famoso «whatever it takes», en una conferencia para el sector financiero que se celebraba en Londres, King estaba a su lado. Este economista británico acaba de publicar en España su libro ‘Incertidumbre Radical’ (Editorial Innecesaria, 2025), donde, junto a su coautor, John Kay, carga con dureza contra la deriva que ha emprendido la ciencia económica.

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EL PAÍS: Mervyn King: “No es cierto que hoy haya más incertidumbre que en el pasado”

El exgobernador del Banco de Inglaterra aborda en ‘Incertidumbre radical’, recién publicado en español, el complejo arte de tomar decisiones.

Mervyn King, (Chesham Bois, al noroeste de Londres, 77 años), exgobernador del Banco de Inglaterra durante una década, barón, y pensador a tiempo completo, ve pasar los días entre la capital británica y Canterbury. Las horas se le escurren reflexionando y leyendo, la gimnasia para escribir y hablar después, explica por videoconferencia. Hay también algún hueco para seguir los partidos de su querido Aston Villa. Y para presidir un club de cricket y una orquesta filarmónica, como si se empeñara en completar el perfil del perfecto aristócrata inglés.

Fruto de ese entrenamiento mental es Incertidumbre radical, el libro que ahora, un lustro después de su aparición, publica en español la editorial Innecesaria. La obra, coescrita con el economista John Kay, es un jarro de agua fría para quienes se apoyan en certezas y creen en soluciones estandarizadas para problemas casi siempre complejos cargados de particularidades. Es, además, un tratado sobre un arte, el de tomar decisiones, que pocos dominan. Cinco años después, King no se arrepiente de nada de lo que escribió. “Creo que la pandemia y la respuesta de los gobiernos a ella corroboran lo que dijimos sobre la necesidad de ser transparentes respecto a la incertidumbre y no pretender tener un conocimiento que no poseemos. La pretensión de saberlo todo me parece muy peligrosa en política”, dispara.

Pregunta. ¿Hay más incertidumbre que nunca?

Respuesta. Siempre es tentador decir que hoy hay más incertidumbre que antes, porque de alguna manera así se justifica la dificultad de tomar decisiones. No creo que sea cierto. No se puede afirmar categóricamente que hoy hay más. Ya existía mucha en el pasado. Mucha incertidumbre durante la pandemia. Mucha durante la crisis financiera. Siempre la hay, y es muy difícil de cuantificar. Recordemos la crisis de los misiles cubanos en la década de 1960. Estuvimos muy cerca de una guerra nuclear de consecuencias desconocidas, y no hemos tenido un evento similar recientemente, más allá de una guerra convencional que se limita a una parte de Europa. No creo que sea útil juzgar si hoy hay más o menos incertidumbre. Lo que realmente importa son las decisiones que tomas y cómo percibes la incertidumbre que afecta a tu gobierno, tu empresa o tu familia.

P. ¿Y cómo debemos abordarlo?

R. Analizando cómo creemos que se desarrollarán los acontecimientos en los próximos cinco años. ¿Qué podría salir mal? ¿Qué podría trastocar nuestra visión de futuro? El gran error en la economía de mercado es creer que todos nos enfrentamos a los mismos peligros. Si una empresa utiliza un producto o materia prima que solo se fabrica en una única planta de un país, existe un gran riesgo, porque si se incendia o sufre una huelga, la fuente de suministro se interrumpe de inmediato. Por lo tanto, lo que se debe hacer es mitigar ese riesgo encontrando proveedores alternativos. Una de las grandes lecciones de la pandemia fue la importancia de la resiliencia en la gestión empresarial.

P. ¿Es posible anticiparnos a lo que viene mirando al pasado?

R. La mayoría de quienes lo intentan fracasan estrepitosamente. De hecho, es un grave error que la economía, como profesión, dé la impresión de que su función principal es predecir el futuro; no puede, es incapaz de hacerlo. Incluso los bancos centrales, al usar la comunicación anticipada para predecir la evolución de los tipos de interés, no puede adivinar dónde los fijarán ellos mismos con dos años de antelación. La previsión no es el fuerte de los economistas.

P. Insiste en que la información que manejamos es imperfecta, pero siendo conscientes de esa limitación, parece mejor tener datos de un tema que nos afecte. Si vamos a comprar una casa, miramos los precios de la zona.

R. No decimos que los datos no importen en absoluto; lo que decimos es que no son suficientes. Y esto se debe a que la mayoría de problemas a los que te enfrentas son únicos. Al comprar una casa es importante saber a qué precio se venden las casas de la zona, pero también es fundamental entender si hay algo particularmente inusual o defectuoso. Necesitas inspeccionar su calidad, etc. Creo que todas las decisiones importantes, ya sean para gobiernos, empresas o familias, son prácticamente únicas. La experiencia puede ayudarte a tomar una mejor decisión, y la información del pasado también puede ser útil, pero necesitas criterio para sopesar las consecuencias, tanto positivas como negativas. Los economistas parecen creer que todo problema se puede resolver mediante un proceso de optimización matemática, pero nunca es tan sencillo.

Creo que ahí reside el peligro: cuando los economistas asumen que podemos asignar probabilidades a todos los eventos. Esto no es cierto. Es inútil para la mayoría de crisis potenciales, como otra pandemia, o que Rusia invada otro país europeo. Si dedicamos tiempo a eso, terminamos descuidando lo que deberíamos hacer: centrarnos en lo que está sucediendo hoy.

P. ¿Nos ayudará la inteligencia artificial a tomar mejores decisiones?

R. Las computadoras son extraordinariamente buenas en ciertas tareas, como cálculos o reconocimiento de patrones. Incluso mejores que los humanos. Por ejemplo, pueden identificar tumores mucho más rápido que un médico. Pero no tienen la imaginación intelectual para dar el salto conceptual que sí pueden dar los médicos. Creo que la IA siempre complementará a los humanos, no los sustituirá, y debería conducir a aumentos significativos en la productividad.

P. ¿Cómo se traduce eso?

R. Permítanme utilizar un ejemplo. Un médico quiere brindar un buen consejo a un paciente que acude a su consulta sintiéndose mal, pero sin comprender la causa. Lo que el médico puede hacer es usar inteligencia artificial para identificar con mayor precisión si existen tumores, ya sean malignos o benignos. Y esa información sobre el estado del cuerpo del paciente será sumamente valiosa para el médico, pero no le eximirá de la necesidad de preguntarse qué le sucede al enfermo. Quizás la causa real se encuentre en otro lugar. Podría ser psicológica, o estar en otra parte del cuerpo. Un buen médico es aquel que sabe hacer las preguntas adecuadas para obtener información del paciente. Se trata, pues, de la capacidad de pensar de forma lateral, o, dicho de otro modo, de pensar de manera innovadora, de dar saltos conceptuales que las computadoras no pueden realizar.

P. A muchos Gobiernos parece costarles tomar medidas impopulares, y tienden a ser cortoplacistas porque hay elecciones cada cuatro años. ¿Es un lastre?

R. Uno de los grandes problemas de las democracias occidentales es, sin duda, la dificultad para tomar decisiones a largo plazo. Las postergamos, y esta es, obviamente, una gran diferencia con China, que sí toma decisiones a largo plazo sin prestar demasiada atención al bienestar individual. Si alguien sale perjudicado cuando se construye un tren de alta velocidad que atraviesa su jardín, en China lo lamentan; aquí, probablemente se paralizaría todo el proyecto. Tomar decisiones a largo plazo es fundamental en cuestiones como la magnitud de la deuda nacional, la estructura del sistema tributario y la inversión pública.

P. El expresidente de la Comisión Jean-Claude Juncker hizo fortuna con una frase: “sabemos lo que hay que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo”.

R. La mejor manera de ganar unas elecciones es ser honesto. Creo que la gente respeta eso. Y creo que se puede explicar a la gente que, por ejemplo, estamos subiendo los impuestos hoy porque la deuda es tan alta que no podemos permitírnosla; simplemente no queremos, no es sensato dejar a nuestros nietos tanta deuda para que sean ellos quienes la paguen.

P. Ha sido crítico con la política de los bancos centrales tras la pandemia, cuando subestimaron el regreso de la inflación. ¿Cómo pueden recuperar su credibilidad?

R. Simplemente siendo honestos sobre sus errores y tratando de explicar con veracidad la situación actual y la evolución futura de la economía. Los bancos centrales tuvieron la tentación de admitir que tardaron demasiado en subir los tipos de interés, que no se habían percatado de la gravedad del problema de la inflación y que lamentaban lo sucedido. Creo que podrían haber sido más transparentes al respecto.

La realidad es que no saben hacia dónde se dirigirán los tipos de interés. No pueden predecir dónde querrán fijarlos porque desconocen la evolución de la economía. Saben cómo reaccionarán, pero no pueden predecir hacia dónde se dirigirá, y por lo tanto, no pueden saber dónde fijarán los tipos de interés. Los miembros del Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal marcan un punto en un gráfico indicando dónde creen que estarán los tipos de interés dentro de uno, dos y tres años, y vemos que esto no tiene ningún valor, y son muy malos prediciendo sus propias decisiones a dos años vista. Por lo tanto, creo que lo mejor es abandonar ese enfoque y ser honestos. No lo sabemos todo. No podemos estar seguros de que subir los tipos en lugar de bajarlos sea lo correcto.

P. Fue gobernador del Banco de Inglaterra durante lo peor de la Gran Recesión. ¿Quedan cicatrices?

R. Las hay. Hay una pérdida acumulada de inversiones desde la crisis financiera. Al principio, los bancos estaban dispuestos a prestar, pero llegaron al borde de la quiebra. Decidieron prestar menos y reducir sus balances. Intentamos compensarlo inyectando más dinero, pero sin duda esto causó un problema. Creo que la falta de inversión en los años posteriores a la crisis se retroalimentó. También creo que los confinamientos y la decisión de los bancos centrales de mantener los tipos de interés muy bajos durante demasiado tiempo ha contribuido a la creación de empresas zombis, que solo pueden pagar sus deudas con tipos de interés bajos. Esto ha perjudicado el crecimiento de la productividad. Pero con la vuelta a la normalidad de los tipos de interés, hay muchas posibilidades de que la productividad empiece a repuntar.

A nivel político veo una gran desilusión con los gobernantes. La gente asumió que en una economía de mercado, si trabajas para una empresa cuyo producto ya no tiene mucha demanda, es probable que pierdas tu empleo. Perder el empleo de vez en cuando se convirtió en parte de las ideas preconcebidas sobre el mundo en que vivíamos. Y luego, cuando descubrieron que los bancos fueron rescatados cuando tuvieron problemas, se preguntaron: ¿por qué a las compañías automovilísticas les dan un trato diferente? Creo que esta resaca política de la crisis financiera probablemente aún nos acompaña.

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EL MUNDO: El súper economista de Oxford que desmonta todos los mitos que defendió durante décadas: «La economía no es una ciencia como la física»

John Kay es una de las mentes más respetadas del ‘establishment’ financiero británico. En su nuevo libro, dinamita los cimientos de la Economía y defiende que nuestra civilización ha caído presa de una enfermedad cognitiva: la creencia de que el mundo es un puzle lógico con una solución oculta, en lugar de un misterio profundo que requiere humildad

Primavera de 2011. Máxima tensión en la Situation Room de la Casa Blanca. Barack Obama preside una reunión que definirá su legado: la decisión de lanzar o no una incursión de los Navy SEALs contra un complejo amurallado en Abbottabad (Pakistán), donde, sospechan, se oculta Osama bin Laden. No hay certeza, solo fragmentos de inteligencia. Obama, buscando un asidero en medio de la niebla, pide probabilidades. El líder del equipo de la CIA afirma estar seguro al 95%. Otro asesor baja la cifra al 80%. Los más escépticos no le dan más de un 30% o un 40%. El baile de cifras pretende disfrazar la ignorancia con el traje respetable de las matemáticas. El presidente detiene la subasta de porcentajes: «Mirad, chicos, esto es como lanzar una moneda al aire. No puedo basar esta decisión en la noción de que tenemos más certeza que esa». Obama entendió en ese instante crucial lo que la mayoría de los expertos olvidan: que hay situaciones donde la estadística es un velo, no una linterna; que calcular la probabilidad de un evento único e irrepetible es una fantasía reconfortante, pero inútil. Ordenó el ataque no porque los números cuadraran en un Excel, sino porque la historia tenía sentido.

Esa escena, donde la intuición y el juicio cualitativo triunfan sobre la falsa precisión de los modelos, anima el pensamiento de John Kay (Edimburgo, 1948). El economista británico, una de las mentes más brillantes y respetadas del establishment financiero -con credenciales que incluyen Oxford, la London School of Economics y el Banco de Inglaterra-, ha dedicado sus últimos años a dinamitar los cimientos de su propia disciplina. Junto a Mervyn King, exgobernador del Banco de Inglaterra, Kay firma Incertidumbre radical: el arte de tomar decisiones ante un futuro incierto (Innecesaria Ediciones), un libro que es a la vez un manifiesto filosófico y una advertencia urgente. En sus páginas, y a través de una conversación exclusiva que disecciona nuestras ilusiones de control, Kay argumenta que nuestra civilización ha caído presa de una enfermedad cognitiva: la creencia de que el mundo es un puzle lógico con una solución oculta, en lugar de un misterio profundo que requiere humildad y narrativa.

Cuando le planteamos si nuestra adicción moderna a cuantificarlo todo no es más que un mecanismo de defensa psicológico para adultos aterrorizados, el economista no duda. Su respuesta nos transporta inmediatamente al colapso financiero de 2008, el ejemplo paradigmático de la arrogancia intelectual. Para él, la pretensión de poner fecha y hora al apocalipsis no solo es imposible, sino contraproducente. «Si hubieras podido predecir que Lehman quebraría en septiembre de 2008, entonces no habría sucedido, porque la gente se habría adelantado a ello».

No es que los banqueros no vieran venir una crisis; es que sus herramientas les decían que el riesgo estaba controlado, empaquetado y vendido. «Lo que yo no esperaba en absoluto era hasta qué punto los productos basura titulizados estaban realmente en los balances de los propios bancos, en lugar de en otras instituciones de inversión», confiesa con la perplejidad de quien descubre que el chef ha estado comiendo su propio veneno. «Al hablar con directores de bancos y otros financieros antes de 2008, fui muy consciente de que creían que las personas en sus instituciones que desarrollaban estos modelos complejos estaban describiendo la realidad y protegiendo a los bancos. Y ambas cosas eran completamente erróneas».

La conversación gira hacia una distinción fundamental que vertebra su pensamiento: la diferencia entre un puzle y un misterio. Un puzle tiene solución; un misterio, no. El problema, según Kay, es que los economistas han tratado la realidad como una partida de ajedrez, un sistema cerrado con reglas fijas, cuando en realidad se parece más a una novela rusa incompleta.

«La observación de que ‘el mapa no es el territorio’ es algo que debería grabarse en la mente de todos», sentencia Kay, rescatando la famosa frase de Alfred Korzybski. Para el autor, el pecado original de la economía moderna es la envidia de la física, el deseo de encontrar leyes inmutables en el comportamiento humano. «Los modelos del mundo son realmente útiles, pero creer que son ciertos es un profundo error. Y ese es el error, en realidad, de tratar o creer que la economía puede ser como las ciencias naturales».

Esta postura es, en cierto modo, una herejía. Kay y King son la realeza de la economía, sumos sacerdotes del templo que ahora intentan demoler. Al preguntarle si escribir un libro que declara que el emperador de la economía está desnudo se sintió como una traición a su gremio, Kay ofrece una respuesta que revela su evolución personal, un viaje desde la teoría pura hacia la imperfecta realidad. «No sentí que fuera una confesión ni una traición», asegura. Recuerda los años 90, cuando salió de las aulas de Oxford para mezclarse con la élite empresarial. Fue un choque de realidad. «Había enseñado a la gente durante 20 años que las personas en los negocios maximizaban beneficios. Descubrí que en realidad no estaban haciendo eso. En su mayoría, la gente en finanzas y negocios no está maximizando nada; tratan de lidiar con un entorno que realmente no entienden y que no pueden predecir».

Uno de los momentos más surrealistas de la historia financiera reciente ocurrió en agosto de 2007, cuando David Viniar, director financiero de Goldman Sachs, intentó explicar las pérdidas de su fondo diciendo que estaban viendo «eventos de 25 desviaciones estándar» varios días seguidos. En términos estadísticos, esto equivale a un evento que no debería ocurrir ni una vez en la vida del universo.

¿Confirma esto que las finanzas modernas son «ciencia ficción escrita en Excel»?, Kay sonríe ante la absurda literalidad de la declaración de Viniar. «Bueno, no creo que lo que él dijo probara eso», matiza con ironía británica. «Lo que probó lo que dijo es que los modelos de Goldman Sachs no eran muy buenos describiendo el mundo real».

Es aquí donde Kay vuelve a la carga con la distinción que hizo Obama en la Situation Room. Si Obama hubiera sido un economista neoclásico, paralizado por la necesidad de maximizar la utilidad esperada bajo incertidumbre bayesiana, Bin Laden probablemente habría muerto de viejo. «Obama podría haber dicho: ‘¿Pueden decirme si la probabilidad es mayor que X?’. Y en ese caso, ordenaré la redada. Y, por supuesto, no podía obtener ese tipo de seguridad».

Kay elogia el enfoque del expresidente estadounidense como el modelo de toma de decisiones racional en un mundo de incertidumbre radical. Obama no buscó un número mágico; buscó entender la narrativa. «Hizo lo que cualquier persona sensata que toma decisiones haría, que fue ver cuánta información relevante para esa pregunta podía obtener y, luego, decidir: «¿Tengo la confianza suficiente para pensar que las cosas probablemente saldrán bien?»».

Para Kay, hay una diferencia abismal entre lo «probable» en el sentido matemático (cuantificable) y en el sentido del lenguaje común (verosímil). «La probabilidad implica alguna capacidad para cuantificar las cosas, mientras que yo siento sobre el mundo que hay muchas cosas que no sé y no puedo saber, pero puedo hablar de cosas siendo probables o improbables, y eso tiene sentido», concluye. Si el pasado reciente está plagado de errores de cálculo, el futuro inmediato nos presenta un desafío aún mayor: la Inteligencia Artificial. Silicon Valley nos vende una promesa seductora: con suficientes datos, la máquina puede predecir el mañana. Cuando se le sugiere que estamos entrenando a las máquinas para ser idiot savants -genios capaces de ganarnos al Go pero incapaces de comprender el contexto de una crisis humana-, el economista asiente con gravedad. «Lo seremos nosotros si estamos demasiado dispuestos a creer lo que nos dice la Inteligencia Artificial», advierte Kay. Para él, la IA es excelente resolviendo puzles (juegos con reglas fijas), pero terrible enfrentando misterios (la vida real).

La conversación se torna sombría al abordar las consecuencias políticas de esta arrogancia matemática. Vivimos tiempos de polarización extrema y populismo rampante. Kay no elude la autocrítica. Admite que el auge de figuras que ofrecen soluciones simples a problemas complejos es, en gran parte, culpa de una élite tecnocrática que respondió a la ansiedad de la gente con estadísticas frías y modelos fallidos. «Existe una sensación general de que la gente como nosotros -bien educada, formada en Oxford, políticos, funcionarios y banqueros- no hemos hecho un muy buen trabajo gestionando las cosas durante los últimos 20 o 30 años». Kay argumenta que los seres humanos no pensamos en probabilidades; pensamos en historias. Y cuando la realidad se vuelve incomprensible y los expertos fallan, el vacío se llena con narrativas, sean verdaderas o falsas.

«Eso ha creado oportunidades», explica, señalando un fenómeno global que va desde el Brexit hasta Trump. «Las tenemos en España, las tenemos en todos los países desarrollados realmente. El auge de personas que cuentan historias para gente enfadada, a quienes les gustaría una explicación más simple de lo que está pasando y de quién es la culpa, es un fenómeno que vemos en todas partes». La lección es clara: si los racionales no ofrecen una historia convincente, los irracionales ganarán la partida narrativa.

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